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XII - Noche sin Estrellas

La música le dolía en el corazón. Canción nupcial para los novios, canto fúnebre para el Gato Rayado. Tomó el pétalo de Rosa: miró una vez más al Bosque cubierto de Invierno, antes de salir andando pesadamente. Conocía un lugar lejano donde sólo vive la Cobra Cascabel, la que nadie acepta en Bosques ni Haciendas. El Gato tomó en dirección de veredas estrechas que conducen a la encrucijada del Fin del Mundo.

Pasando frente a la casa en plena fiesta, vió que los novios salían. La Golondrina tambien lo vió, adivinando el rumbo de sus pasos. Algo rodó desde los Cielos hasta el pétalo que el Gato llevaba en la mano. Sobre el Rojo sangre del pétalo de Rosa, brilló la Luz de una lágrima de la Golondrina Sinhá. Iluminó el solitario camino del Gato Rayado durante aquella Noche sin Estrellas.


* Así termina la historia que la Mañana oyó del Viento y le declamó al Tiempo que le prometió una Rosa Azul.*

* Ciertos días de Primavera, la Mañana coloca sobre su luminoso vestido la Rosa Azul. Es cuando hace una espléndida Mañana toda Azul.*



FiN



el Gato Rayado y la Golondrina Sinhá :

XI - el Invierno

Éste capítulo deberia ser largo, porque con el Invierno comenzó un Tiempo de tormento. Para qué exponer cosas tristes, para qué contar el suplicio del Gato: que sus ojos estaban negros de tan pardos lo declaraban en cartas enviadas por los habitantes del Bosque, cartas que la Paloma Mensajera llevaba a otros Bosques más lejanos. Tales noticias llegaron hasta el apartado escondrijo de la Cobra Cascabel e incluso ella tembló de angustia. Contando las penurias del Gato igualmente contaban su soledad. El Gato Rayado jamás volvió a dirigir palabra alguna a quien quiera que fuese.

Tan grande era su soledad que, conmovida, Rosa Chá le dijo confidencialmente a Jazmín, su actual amante:
 
Pobrecito! Vive tan solito... no tiene a nadie en el mundo.* - se engañaba la Rosa cuando creía que el Gato Rayado vivía solitario y que no tenia a nadie en el mundo.

Muy al contrario; tenía un mundo de recuerdos, de dulces momentos vividos, de alegres andanzas. No voy a decir que era felíz y que no sufría. Sufría, pero aún no estaba desesperado: todavía se alimentaba con lo que ella le había dado.

Estaba triste porque la felicidad no puede alimentarse tan sólo con recuerdos del pasado: también necesita  tener sueños a futuro.

Un día de suave Sol invernal, se realizó la boda de la Golondrina con el Ruiseñor. Hubo gran fiesta, mesas llenas de dulces y champaña. La boda por lo civil fué en casa de la novia, siendo juez el Gallo con un elocuente discurso sobre las virtudes y los deberes de una buena esposa, recalcando especialmente la fidelidad debida al matrimonio. De la fidelidad del marido a la esposa él no habló. Era mahometano mas no hipócrita: todos sabían que el Gallo Don Juan de Rhode Island tenía su harém.

La boda por lo religioso fué en el Naranjal, en la linda Capilla del Bosque. El Reverendo Padre Urubu vino desde un convento distante para celebrar la ceremonia religiosa. El Papagayo sirvió de sacristán y para la Noche se embriagó. El sermón de Urubu fue conmovedor. La madre de la Golondrina lloró mucho.
 
Cuando el cortejo nupcial salió de la Capilla en arrebolada multitud, la Golondrina vió al Gato observando desde un rincón lejano. No sé de qué manera pudo volar sobre él y dejarle caer un gran pétalo de Rosa, de ésas Rosas Rojas del ramo de novia. El Gato la puso sobre su pecho: parecía una gota de sangre.


Para terminar ésta historia alegremente, podría describir la fiesta dada por los padres de la Golondrina Sinhá. Tal vez debería contar alguna de las anécdotas con que el Papagayo deleitó a los invitados. Habían asistido todos los habitantes del Bosque, menos el Gato Rayado. La Mañana reseñó la fiesta íntegramente al Tiempo, dándole detalles de los vestidos, de las comilonas, de la mesa con dulces y postres, de los adornos de la sala. Todo éso lo puede imaginar el lector a su gusto, con entera independencia.


Solo diré que era maravillosa la Orquesta de los Pájaros y que su melodioso Son llegaba hasta el Gato Rayado, allá solitario por el Bosque. Ya no tenía futuro para alimentar aquél sueño de amor imposible. Noche sin Estrellas, la Noche de fiesta en la boda de la Golondrina Sinhá. Tan sólo un pétalo Rojo sobre su corazón, una gota de sangre.


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X - sigue el Otoño

Criticado, discutido y juzgado el soneto del Gato Rayado, volvemos a nuestra historia. Que además equivale a continuar con el soneto, pues no lo cité al azar sino porque éste soneto tiene mucho que ver con el desarrollo de los echos.

Aconteció así: después de aquella cena entre la Golondrina y el Gato el último día de Verano, él tuvo una larga conversación con la Lechuza. Entre todas las criaturas del Bosque, la Lechuza era la única que estimaba al Gato Manchado, como les había dicho antes. Desde aquella Noche después de lo ocurrido, la Golondrina ya no volvió. El Gato intentó comprender qué pasaba con ella, entre qué sentimientos contradictorios se debatía. Envuelto de tristeza y soledad, resolvió ir a conversar con la Lechuza. Se levantaba del sueño de anciana y abría los ojos por la Noche, su amiga querida.

El Gato tomó asiento sobre un gancho del Árbol donde vivía la Lechuza y hablaron primero de cosas sin importancia. Luego, la Lechuza siendo vidente, adivinó para qué vino al Gato Rayado hasta su casa. Fué franca: no sólo contó los rumores del Bosque (poniendo al Gato casi loco de furia) sino que además dió su opinión:

*Viejo amigo, no hay nada que hacer. ¿Cómo llegaste a pensar que la Golondrina te iba a aceptar como marido? Nunca existió un caso así; aunque ella te amase -y ¿quién afirma que te ame?- jamás podria casarse contigo. Desde que el Mundo es Mundo, las Golondrinas tienen prohibido casarse con los Gatos.*

*Ésta prohibición es más que una ley y está implantada con profundas raices en el corazón de las Golondrinas.*

*Dices que ella gusta de tí, que si dependiera de su voluntad... puede ser, te creo, seguro que sí. Pero aún más fuerte que ella, debe obedecer la ley de las Golondrinas. Porque está dentro de ella desde su más viejo abuelo, desde que existe la primera Golondrina. Y para romper una ley, es preciso una revolución…*

Finalizó, balanceando su cabeza: -*En todo caso, hasta sería bueno que hubiese una revolucioncita… Estamos necesitándola.*

El Gato Rayado no dijo nada. Ni él mismo que amaba a la Golondrina y soñaba con tenerla a su lado, negaría que las Golondrinas duermen sobre nidos entre los Árboles mientras que los Gatos duermen en el suelo sobre trapos abandonados. Se despidió de la Lechuza sin soltar palabra. Llegando a casa, empezó a escribir el célebre soneto. Su elaboración llevó toda la noche y parte de la mañana siguiente. Todo lo que consiguió producir fué la pieza ya juzgada y condenada.

No obstante, aquél primer día de Otoño encontró a la Golondrina. Ella estaba seria; ya no sonreía ni exhibía ésa sutil alegría de siempre, aquel aire de disponibilidad que era su mayor encanto.

Tampoco el Gato Rayado lograba esconder su tristeza: pesaban en su corazón las palabras de la Lechuza. Caminaron en silencio, recorriendo los lugares donde habian estado durante la Primavera y el Verano.

Una y otra vez intercambiaban palabras sueltas, pero ambos tenían ése aire de querer evitar un asunto que era inevitable.

Llegó la hora en que la Golondrina tenía que partir. El Gato le entregó su soneto. Ella voló, muchas veces volteó para atrás, girando su gentil cabecita para verlo con lágrimas en los ojos.

Al día siguiente -fué el día más largo de Otoño- ella no apareció. Inútilmente rondó por las cercanias del Árbol donde ella vivía, mas no la vió. Ésa noche, recordando los rumores del Bosque corrió como Pato loco, le metió un susto casi mortal al Papagayo (quien rezaba sus oraciones nocturnas), rasguñó el hocico del Perro Dinamarqués, robó los huevos del gallinero y –en el colmo de la maldad- no los robó para comérselos sino para tirarlos por todo el campo. El pavor al Gato Rayado volvió a sentar reales en el Bosque y los bulliciosos chismes se transformaron en tímidos murmullos.

El tercer día de Otoño, la Paloma Mensajera trajo desde muy lejos (cuando tuvo el valor de acercarse) una carta. El Gato la leyó varias veces hasta que se la aprendió de memoria. Una carta triste y definitiva enviada por la Golondrina Sinhá. Una Golondrina jamás puede casarse con un Gato. También decía que ellos no debian juntarse más. En compensación, decía que nunca antes fué tan feliz como durante todo el Tiempo que vagaba por el Bosque con el Gato Rayado. Y terminaba:

*Siempre tuya, Sinhá.*

Habia jurado no volver a verlo más. Pero como ya dije y ahora repito, el juramento de una Golondrina no merece confianza alguna. Volvieron a pasear por el Bosque, a ir por los rincones que habían descubierto durante la Primavera. Solo que ahora casi no conversaban, como si existiera una invisible cortina que los separaba.

Fue así como transcurrió el Otoño, un tiempo gris en el que los Árboles iban despidiendo a las Hojas y el Cielo iba despidiendo al Azul. Como el Gato Rayado volvió a ser desconfiado y nuevamente volvió a vivir aislado de todos sin conversar con nadie, no sabía que en la casa de la Golondrina trabajaban seis Arañas costureras preparando el ajuar de la joven novia. El matrimonio del Ruiseñor con la Golondrina Sinhá estaba fechado para el comienzo del Invierno.

En el último día de Otoño, día humedo y airoso seguido por una ventisca que congelaba de frío, la Golondrina quiso ir a todos los lugares que había aprendido a amar durante la Primavera y el Verano.

Estaba extrañamente ruidosa y habladora, tierna y llena de dulzura, como si hubiera levantado de repente la cortina que la separaba del Gato Rayado, como si hubiese traspasado de subito la distancia que los alejaba. Era la misma Golondrina de la Primavera y del Verano, un poco loca y el Gato la contemplaba conmovido.

Estuvieron juntos hasta que llegó la Noche. Entonces ella le dijo que ésta sería la última vez que se verían, que se iba a casar con el Ruiseñor. ¿Porqué? Porque una Golondrina no se puede casar con un Gato.

Como había hecho ya cierto día, pasó sobre él en vuelo rasante tocando con su ala izquerda -era su manera de besar- y ahora él ya no pudo oír el latido del pequeño corazón de la Golondrina, tan débiles que eran esos latidos. Por los aires se fué ésta vez sin mirar atrás.


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IX - el Otoño

Al otro día, el Otoño irrumpió derribando las hojas de los Árboles. El Viento sintió frío y para calentarse, silbaba corriendo por todo el Bosque. El Otoño cargaba consigo un caudal de nubes y con ellas pintó al cielo de colores cenicientos. No sólo modificaba al paisaje el correr de las estaciones, como ciertamente notó éste culto y talentoso lector. También la actitud de los habitantes del Bosque, con relación al Gato Rayado, había sufrido un cambio notable. No era que hubieran dejado de sentirle antipatía, tampoco era que le hubieran perdonado agravios anteriores: ahora ya no sentían miedo por él, como comprobaban comentando habladurías de su caso con la Golondrina Sinhá, comentarios que de tímidos murmullos pasaron a bulliciosos chismes. Recordemos que antes temían que'l Gato Rayado abriera tan sólo un ojo. ¿Cómo explicar entonces que ya no recelaran, que comentasen abiertamente sus paseos con la Golondrina?

Es que el Gato durante la Primavera y el Verano vivió alegre y satisfecho. No amenazaba ya más a otros seres vivos ni despedazaba más las flores a patadas, ni encrespaba sus pelos sobre el lomo cuando se arcercaba algún extraño y ya no repelía los perros erizando los bigotes e insultándolos entre dientes. Se convirtió en un ser suave y amable; era el primero en saludar a los otros habitantes del Bosque, quien antiguamente no respondia los timidos buenos días que le dirigían.

No puedo aventurarme y afirmar que él mismo cultivó, en aquella época, buenas y generosas intenciones. La verdad es que el Gato seguía con fama de sujeto malo e intratable. Los habitantes del Bosque, ante la actual amabilidad del Gato Rayado, habian concluido que si bien era malo ya no era tan peligroso. Tal vez se estaba volviendo viejo, sin fuerzas y por éso estaba intentando rehabilitarse. Le perdieron el miedo...

La fama ruín del Gato era antigua y arraigada. ¿Cómo podrían entender que el Gato cambiase tanto desde que la Golondrina entró a su vida? ¿Cómo entender que bajo ésa cascara gruesa, bajo ése pelo erizado de Gato, latía un corazón tan tierno?

Tan tierno, que aquel primer día de Otoño vino a encontrar al Rayado escribiendo un soneto.

Cubierto con un pesado manto de lana (era un Gato muy friolento) contaba sílabas con los dedos y buscaba rimas en un grueso diccionario. Sí, hasta un soneto escribió.

El Gato Rayado no sólo se cubría con un manto contra el frío, en aquella mañana de lírica inpiración: también se cubria con el manto del amor. La poesía no sólo está en los versos. A veces está dentro del corazón y es enorme, a punto de no caber ya en palabras.

Soneto de Amor Imposible
Para mi adorada Golondrina Sinhá

La Golondrina Sinhá
la Golondrina Sinhá
la Golondrina abrió sus alas y voló.

Vida triste mi vida,
no sé cantar y no sé volar,
no tengo alas ni plumas,
no sé sonetos escribir.

Amo mucho a la Golondrina,
con ella me quiero casar.

Pero la Golondrina no quiere,
conmigo no puede casarse
porque soy un Gato Rayado
¡Áy!


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VIII - el Verano

Éste capítulo es corto porque el Verano transitó velozmente, con un Sol ardiente y Noches llenas de Estrellas. Siempre pasa rápido el Tiempo cuando estamos felices. El Tiempo es un ser difícil: cuando queremos que se prolongue se ponga lento y dure otro poco más, corre tan deprisa que ni sentimos pasar las horas. Cuando queremos que vuele pronto más rapido que el pensamiento porque sufrimos o estamos en mal momento, se vuelve lento y largo al desfilar sus horas.

Corto fué el Tiempo de Verano para el Gato y la Golondrina. Gozaron compartiendo paseos vagabundos por el Parque, con largas confidencias a la sombra de los arboles, con sonrisas, con palabras murmuradas, con miradas tímidas compartiendo confesiones y algunas desavenencias también...

No sé si desavenencias sería la palabra correcta. Me explico: a veces la Golondrina notaba al Gato algo más abatido, con los bigotes mustios y ojos aún mas pardos. La causa no era otra sino que la Golondrina salía con el Ruiseñor, con quien conversaba o llevaba clases de canto -el Ruiseñor era su maestro. La Golondrina no entendia la actitud del Gato, aquellas tristezas repentinas que se prolongaban en silencios difíciles. Entre ella y el Gato jamás habían compartido una palabra de amor: por otro lado según dicen, la Golondrina consideraba al Ruiseñor como un hermano.

Un día que la clase de canto se alargó más Tiempo que'l de costumbre -cuando los bigotes del Gato estaban tan marchitos que tocaban el suelo- ella le pidió que explicara aquella tristeza. El Gato respondió:

*Si yo no fuera un Gato, pediría que te cases conmigo…*

La Golondrina se quedó callada con un silencio de profunda Noche. ¿Sorprendida? No lo creo, ella habría adivinado lo que pasaba en el corazón del Gato. ¿Enfadada? No lo creo tampoco, aquellas palabras fueron agradables para su corazón. Mas tenía miedo. Él era un Gato y los Gatos son enemigos irreconciliables de las Golondrinas.

Voló tan cerca sobre el Gato Rayado que al tocarlo levemente con su ala izquierda, él pudo oir los latidos del pequeño corazón de la Golondrina Sinhá. Ella comenzó a elevarse y desde lejos lo miró, en ése último día de Verano.


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VII - fin de la Primavera (IIª Parte)

Inesperdamente sintió la necesidad de levantarse. ¿Por qué? Ni él mismo podría explicarlo. Tal vez sólo para tomar el Sol. Se levantó y salió a pasear. De pronto notó que los pies lo habían llevado ¿acaso ya no los mandaba? sin que él notara, ahí junto al Árbol donde vivía la familia de la Golondrina Sinhá. Debo aclarar que tal Árbol quedaba al otro lado del Bosque.

Los padres Sinhá habían salido en busca de alimentos. La Golondrina vió llegar al Gato desde lejos y lo esperaba sonriente. El Gato Rayado se detuvo bajo el Árbol, comenzó a buscar y encontró la Golondrina. Entonces notó hasta dónde había llegado sin darse cuenta. ¿Qué estoy haciendo aqui? Y pensó regresarse inmediatamente (¡Diablos! Sus pies estaban tan pesados que parecian clavados al suelo), pero la Golondrina le habló con dulce voz:

*¿Ni buenos dias me vas a decir, mal educado?*

*Buen día, Sinhá...* - había cierto acento musical en la voz seca del Gato.

*Señorita Sinhá, si me hace usted el favor…*

Y como su cara se puso muy triste (era todavía más feo cuando estaba triste), ella dijo:

*Está bien, llámame Sinhá si así quieres… yo te llamaré feo.*

*Ya te dije que no soy feo.*

*¡Ánda! ¡Qué presumido! Eres la persona más fea que yo conozco. A comparación, mi madrina la Lechuza ganaría un premio de belleza…*

¿Qué estoy haciendo aquí? pensaba el Gato Rayado. Aquella joven Golondrina apenas adolescente, no lo trataba con el respeto debido (¿queria realmente que lo tratara con respeto?); lo insultaba, lo agredía, lo llamaba feo. Éso se ganaba por haberle dado tanta confianza a una joven Golondrina cualquiera, qué era sino una estudiante, una alumna de la religión del Papagayo ¿que tanto podría caber en ésa cabecita? ¿Que tipo de conversación podría tener con él, un Gato serio, viajado, que se sabía muy superior, mucho más culto que todo ése montón de gente del Bosque y que se consideraba -principalmente- un Gato muy guapo? Decidió retirarse y no volver a hablarle nunca más a ésa Golondrina tan irrespetuosa (¡Ah! Pero sus pies seguían pegados al piso como plomos, no los podia mover) Hizo un esfuerzo:

*Hasta luego.*

*Váya ¿Se ofendió? -...más convencida aún de que era feo...

¿Cómo diablos empezaba a encontrar divertidos tales comentarios? No eran tan sólo sus pies los que no obedecian, tambien la boca se le abría y sonreía, cuando lo que él quería era quedarse serio con aire irritado: llevaban un gran complot contra el Gato Rayado. La Golondrina seguía con su parlotear incesante, como toda linda adolescente campirana cuya juventud domina todo a sulrededor:

*No hace falta que te vayas ahora. Ya no te voy a llamar feo. Ahora sólo te diré hermoso.*

*No, tampoco me gusta…*

*Entoces ¿Cómo te llamaré?*

*Gato.*

*Gato, no puedo.*

*¿Porqué?*

¿Estaba poniéndose triste? Ahora su voz ya no era juguetona. El Gato Rayado volvió a preguntarle:

*¿Porqué no puedes?*

*No puedo conversar con ningún Gato. Los Gatos son enemigos de las Golondrinas.*

*¿Quién dijo tal cosa?*

*Es una verdad, yo lo sé.*

El Gato puso la cara más triste del mundo. La Golondrina Sinhá que amaba la alegria y no podia ver a nadie triste, continuó enseguida:

*Pero nosotros nunca seremos enemigos, ¿verdad?*

*¡Nunca!*

*Entonces sí podemos platicar.*

Pero enseguida agregó:

*Ahora debes irte porque mi papá ya viene por ahí. Después iré a platicar contigo. Feíto.*

El Gato se rió y como pudo se escondió entre las matas de algodón que crecían por ahí en todos lados. Otra vez estaba alegre. Mientras iba atravesando ágilmente entre los matorrales del campo, recordaba el diálogo con la Golondrina, su melodiosa voz volvía a resonarle en los oídos. Ella no podía conversar con los Gatos, los Gatos son malos; algunos fueron atrapados in fragantti almorzando Golondrinas, habia cierta verdad en éso. ¿Cómo era posible ser así tan malo? ¿Cómo almorzarse un ser tan frágil y tan hermoso como la Golondrina Sinhá?

Se recostó sobre una pradera de yerbas en flor. Más tarde apareció la Golondrina haciendo círculos por el aire en vuelo improvisado, como danzando un baile gentil y primaveral. De lejos, el Ruiseñor que no podía quitarle los ojos de encima, comenzó a cantar y su melodía de amor invadió el Bosque.

El Gato aplaudió cuando la Golondrina se posó en una rama baja del Árbol. Continuaron su conversación donde quedó interrumpida.

No voy a reproducir más tales diálogos. Tomo tal decisión porque todos eran muy parecidos y solamente al pasar del Tiempo, unos cuantos se volvieron dignos de una historia de amor. Quién sabe, quizás más adelante pueda contarles uno si hay lugar. Por ahora, sólo quiero decir que conversaron durante toda la Primavera, sin que jamás les faltase tema. Fueron conociéndose uno al otro, cada día un nuevo descubrimiento. Y no sólo conversaban. Juntos corrían, él por un suelo verde lleno de yerba, ella volando por el cielo azul; vagabundeaban por todo el Bosque, encontraban rincones deliciosos, descubrian nuevos matices de color en las flores, variaciones en la dulzura de la brisa y una alegría que tal vez estuviera más dentro de ellos mismos, que en las cosas a su alrededor.

El tesoro de la felicidad estaba presente en todo y ellos ni lo habían visto antes. Porque digo: si tenemos ojos para ver u ojos para no ver, asegún el estado del corazón de cada uno. Quiero agregar finalmente, que ya no se trataban de usted. Cuando se veían en la mañana por primera vez ése día, él preguntaba:

*¿Que hiciste de ayer a hoy? Estás más linda que ayer y aún más linda de lo que estabas ésa noche del sueño en que te ví…*

*Cuéntame tu sueño. Yo no te cuento el mío porque soñé con una persona muy fea: soñé contigo…*

Se reían los dos: él con su risa seca de Gato malvado, ella con su risa plateada de Golondrina adolescente.

Así pasaron toda la Primavera.


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VI - fin de la Primavera (Iª parte)

Los padres de Sinhá estaban furiosos con ella. Pero con la euforia de su propio heroismo -reuniendo suficiente valor como para enfrentar al Gato Atigrado y salvar a su hija- no la regañaron demasiado. Golondrina Papá le decia a Golondrina Mamá: -*Realmente amamos a nuestra hija, la hemos salvado.*

Golondrina Mamá respondia: -*Somos tan buenos padres, siempre protegemos a nuestra hija.*- Y se miraban uno al otro con admiración.

Prohibieron terminantemente a la Golondrina acercarse otra vez a ése enemigo feroz. Si bien los juramentos de una Golondrina joven nunca tuvieron validez alguna, tan súbitas restricciones sólo aumentaban su interés y curiosidad. Sinhá no era de esas Golondrinas que basta les digan "d'esta agua no has de beber" para que inmediatamente lo hagan. Al contrario, era tierna, obediente y amaba sus padres. Amable y alegre, de buenos modales en general. Aunque prefería que la convencieran con buenas y justas razones. Hasta ahora nadie le habia comprobado si era pecado o crimen, querer mantener relaciones cordiales con el Gato Rayado.

Así, cuando posó su gentil cabecita sobre el pétalo de Rosa que le servía de almohada, ya había decidido continuar su conversación con el Gato al otro día:

*Es feo pero simpático…*- murmuró al adormecerse.

En cuanto al Gato Rayado, también habría pensado en la arisca Golondrina Sinhá y en aquella primera noche de Primavera, al reposar la cabeza sobre su almohada. Sin embargo, había una cosa que él no poseia: almohada. Además de malvado y feo, el Gato Rayado era pobre: reposaba con la cabeza encima de los brazos. Ser de pocos lujos no le preocupaba. Sentía más la falta de otras cosas: de afecto, de cariño... y de salchichas vienesas.

Se acostó tarde. Antes caminó por el Bosque, sin rumbo. Arañando la corteza en los troncos de los árboles maullaba sin motivo aparente, sintiendo deseos de volver a vagar por los tejados como lo hacía en su distante adolescencia. Un grato perfume le penetraba las narices y sus enormes bigotes se movían inquietos. Se sentía jóven, hasta tuvo ganas de correr con los perros. Y lo hubiese hecho tan tranquilamente, si los perros no se hubiesen asustado, llenos de recelo cuando él los buscó. Tal era su estado de hastío con deseos indefinidos, que murmuró para dentro: -*Debo estar enfermo,*- puso una de sus patas sobre su cabeza y concluyó: -*Estoy ardiendo en fiebre*.

Cuando cayó la noche y regresó a su cama, –un viejo trapo peludo- miró una flor y en ella vió los ojos rasgados de la Golondrina. Febril, fue al lago a beber y en el agua también vió el reflejo de la Golondrina que sonreía. Y la percibía en cada hoja, en cada gota de rocío, en cada rayo de Sol crepuscular, en cada sombra de la Noche que llegaba. Después la descubrió vestida de plata en la Luna llena, a la que maulló y maulló atormentado. Ya era tarde muy de noche cuando consiguió dormir. Soñó con la Golondrina; era la primera vez que soñaba desde hacía muchos años.

¿Debo concluir que ése Gato Rayado de feos ojos pardos, de oscura fama de malvado, se había enamorado? Ahora que tanto él como la Golondrina duermen y que sólo la vieja Lechuza está despierta, me permito filosofar un poco. Debo decir que existe gente que no cree en el amor a primera vista. Otros por el contrario, además de creer afirman que es el único y verdadero amor. Unos y otros tienen razón. El amor está adormecido en el corazón de las criaturas y un día cualquiera despierta a la llegada de la Primavera o incluso el rigor del Invierno. De repente el amor despierta de su sueño con la inesperada visión de otro ser. Dá igual si ya lo conocíamos, parece como si lo viéramos por primera vez y por éso se dice que fué amor a primera vista. Así era el amor del Gato Rayado por la Golondrina Sinhá.

En cuanto a lo que pasaba por el pequeño y valeroso corazón de Sinhá, no esperen que yo les explique o les quite la venda de los ojos. No soy tan tonto como para sentirme capaz de entender el corazón de una mujer y menos aún, el de una Golondrina.

Ninguna de esas reflexiones perturbó aquella noche al Gato Rayado. En realidad aún no sabía que estaba enamorado. Tal idea ni se le ocurría. Cuando era jóven se enamoraba de nuevo cada semana. Despedazó así innumerables corazones entre Gatas de todos los colores, el de una Coneja color gris y el de una Zorra adolescente. Éso pasó hace tanto tiempo que ni se acordaba de los nombres, ni de cómo sucedió. Vivía a su modo como ya expliqué: tranquilo, perezoso al Sol, gozando las dulces caricias de la Brisa, el frescor de las Noches de Verano y el grato frio del Invierno. Ahora llegaba la Primavera a perturbar aquella paz.

El día siguiente al levantarse para enjuagar su cara, pensó en la Golondrina al recordar el sueño que lo acompañó toda la noche: él y Sinhá discutiendo sobre belleza y fealdad. Se rió: ayer estuve enfermo y decidió no pensar más en la Golondrina. Se dirigió a su prado preferido para calentarse al Sol sobre su trapo viejo y peludo. La vida seguía su curso en el Bosque.

Tendido, relajado como siempre, el Gato Rayado se estiraba cuan largo era para que el agradable Sol de Primavera lo envolviera por completo. Lo extraño era que no lograba cerrar los ojos como hacía habitualmente. La experiencia le habia enseñado que con los ojos cerrados, se goza mucho mejor del calor del Sol y la frescura de la Brisa. Pero en aquel segundo día de Primavera, tenía los ojos abiertos y además mirando hacia los arboles, buscando que estuviera la Golondrina Sinhá. Cuando se dió cuanto de lo que estaba pasando, se puso furioso. Desviaba los ojos silbando despacito, buscaba fijar su vista en otro lado. Miró a los Perros que corrían -como idiotas que no sabían hacer otra cosa- entre los árboles llenos de hojas, hasta miró al Papagayo ocupado en rezar sus oraciones matinales.

*Buen día mi queridísimo doctor Rayado. ¿Como se siente? ¿Bien, a Dios gracias?*- El Gato ni siquiera se dignó a responder. A pesar de todo, su ojos estaban de nuevo con la vista fija sobre los árboles por donde se posaría la Golondrina, con la esperanza de que viniera... Pero no llegó ¡ingrata!

Volvemos a topar con nuestro amigo Rayado sin ninguna alegría, en un estado de espíritu muy diferente al de la mañana; la liviandad que sentía desde la tarde del encuentro ya no estaba, sus bigotes estaban caídos, desmoralizados, marchitos. Triste y peligrosa señal tratándose del Gato Manchado. Los bigotes indicaban su humor. Espió una vez más los árboles como tantas veces hiciera antes... mas no vió la Golondrina tapada bajo la sombra de un árbol, cubriendo todo su cuerpo. Los ojos pardos se oscurecieron. ¿Porqué sentía el corazón tan adolorido?

Mientras, la Primavera se desbordaba a su alrededor.


el Gato Rayado y la Golondrina Sinhá :

V - capítulo atrasado y fuera de lugar

La Golondrina Sinhá, amén de bella era algo loca. Loquita le quedaría mucho mejor. A pesar de seguir en la Escuela para Pájaros y ser tan jóven que sus respetables padres no la dejaban salir sola de noche con sus admiradores, manejaba la vida de forma muy independiente, enorgulleciéndose de mantener buena amistad con todos los habitantes del Bosque. Amiga de las Flores y de los Árboles, de los Patos y de las Gallinas, de los Perros y de las Piedras, de las Palomas y del Lago. Con todos conversaba y a todos dedicaba suficiente Tiempo, ignorando las pasiones que despertaba al pasar. Sin embargo a pesar de tener tantas amistades y admiradores, una sombra nublaba la vida de nuestra Golondrina Sinhá, razón de ser de éste capítulo incial atrasado: tal sombra era ni más ni menos, que el mismísimo Gato Rayado.
Mejor dicho: era el hecho de nunca haber podido conversar con el Gato. Aquél sujeto callado, orgulloso y medio bestia, le ponía los nervios de punta. Se acostumbró a vivir espiándolo cuando dormía, o cuando tomaba el Sol sobre la Yerba. Escondida desde la rama de un árbol solía observarlo por horas, pensando y cavilando las razones del feoso para no llevar amistad con nadie.

Oía hablar muy mal de él: de todas formas al observar atentamente su nariz rosada y sus grandes bigotes, (nadie supo porqué) dudaba la veracidad de tales historias. Así son las Golondrinas, ¿qué se le va hacer? (no hay forma de hacerles comprender la verdad más elemental, ni la más comprobada ni la más común: cuando empiezan a dudar, nada se le puede hacer). Son cabeza dura y se dejan guiar por el corazón.

El Gato Rayado era una nube oscura en la vida clara y tranquila de la Golondrina Sinhá. A veces cantaba las lindas canciones que aprendió del Ruiseñor, cuando de repente callaba porque veía (a veces adivinaba) al fornido cuerpo del Gato que paseaba caminando y cantando su canción favorita. Ella lo espiaba desde los aires, ya sea veloz o lentamente: incluso cierta tarde, se divirtió en grande tirándole ramitas secas a la espalda. Mientras el Gato dormía ella se escondió entre las hojas de la Jacaranda, riéndose por cada ramita que acertaba a las espaldas del Gato, incitando al perezoso hasta entreabrir un ojo para ver a su alrededor. Luego lo cerraba creyendo que era otra broma tonta del Viento.

Fue ése día que tuvo la célebre conversación con la Vaca Mocha. A la Vaca Mocha no le caía nada bien el Gato Rayado, porque siendo ella una figura altamente respetable con sangre porteña en sus venas, había sido terriblemente ofendida por ése mísero felino en cierta ocasión ya distante. Resulta que a pesar de su circunspección, la Vaca Mocha era muy dada a la ironía.

Así fué que cierta vez, encontrando al Gato Rayado por el corral -donde fué calculando robarse un poco de leche- le dijo con gesto de desprecio y picardía en su mezcla de castellano con lunfardo:

*Un Tipo tan chiquito y con enormes bigotes.*

El Gato, con evidente e imperdonable falta de respeto, tuvo la osadía de responderle:

*Una Fulana tan chichona y sin sostén.*

La Vaca Mocha le lanzó un par de patadas, pero el Gato ya iba lejos, riéndose para dentro con su risa más malvada.

Cuando la Golondrina contó la clase de diversión en que malgastaba todas las tardes, la Vaca Mocha lamentó que en vez de ramitas, no hubiese tirado pedazos de roca al cráneo del Gato, liquidándolo de una vez por todas. Cuando Sinhá se horrorizó ante tan sangrienta posibilidad, le confesó que jugaba con las ramitas como un pretexto para conversar con el Gato. Ahí la Vaca verdaderamente mostró asombro:

*¿Hablar con el Gato, Loquita? ¿Realmente piensas hacerlo? Por Dios ¡no seas tonta!"-
Hablar en castellano le daba estatus y cansancio; pero ¡cuánto cansancio! Continuó en lunfardo - *¿A poco no sabes que és un Gato, un Gato malvado y que una Golondrina jamás podrá -so pena de comprometer la honra de su familia- mantener amistad, ni siquiera digamos un simple intercambio amable, con un Gato? ¿No sabes que los Gatos son enemigos irreconciliables de las Golondrinas y que muchas parientes tuyas, perecieron en las garras de Gatos como ése tal Rayado? ¿No lo sabías?*

Prosiguió con su sermón. ¿Cómo pensaba ella una loca Golondrina, romper con una ley tan antigua y pasar por encima de reglas tan sagradas -establecidas al pasar del Tiempo- alejando a sus amigos y causando tremendo disgusto a sus padres?

*Pero él no hace nada...*

*Es un Gato y peor aún, ¡Rayado!*

*¿Sólo por ser un Gato y además Rayado? También tiene corazón, como todos nosotros…*


*¿Corazón?*-
Se indignó la Vaca Mocha, de fácil indignación como vamos descubriendo poco a poco -*¿Quién dijo que tiene corazón? ¿Quién?*

*Bueno yo pensé...*

*¿Tú le viste algún corazón? ¡Díme!*

*Ver, no lo ví…*

*¿Entonces?*

Después parloteó interminablemente. Le contó la historia de lo que le había hecho el Gato y una vez más derramó lágrimas recordando tal insulto. Nuevos consejos, advertencias: dar consejos era una de las especialidades de la Vaca Mocha. Reglas para el buen vivir llenas de saludos, de moralidades y de cortesía: le explicó cómo debería comportarse una Golondrina jóven y doncella, qué podía hacer y qué le estaba vedado a toda Golondrina. Básicamente, no debía hablar con Gatos y mucho menos con el Gato Rayado …

La Golondrina escuchó muy atenta, como la buena educación manda y se quedó triste. No debía conversar con el Gato, pero se sentía muy mal al pensar algo así. La Vaca podía tener razón, poseer experiencia y una voz impostada y noble. Pero la Golondrina cabeza dura, nunca comprendió porqué cometería un pecado al conversar con el Gato. En todo caso, le juró a la Vaca jamás volver a tirar ramitas contra la espalda amarilla y negra del Gato Rayado, ni tan siquiera pensar en conversar con él.

Pero si el juramento de toda Golondrina no vale mucho -no hay que darle mérito exagerado- mucho menos el juramento de una Golondrina jóven, de cabeza caliente y espíritu algo aventurero. Por mi parte sé que al jurar ella sabía perfectamente que era incapaz de cumplir. Continuó espiando al Gato. No le tiró más ramitas, pero ¡áy! Nunca debió hacer un juramento así: no queria dejarle creer que era una pilleria del Viento. Lo espiaba constantemente, hasta aquel día cuando entró la Primavera...


el Gato Rayado y la Golondrina Sinhá :

IV - sigue la Primavera

A su alrededor desbordaba la Primavera, ilusión de todo poeta. El Gato Rayado deseaba expresarle algo agradable a la Golondrina Sinhá. Sentándose en el suelo, se alisó los bigotes y suavemente preguntó:

*¿Porqué no huiste como los otros?*

*¿Yo? ¿Huir? No me das miedo, los demás son unos cobardes… Tú no me puedes alcanzar, no tienes alas para volar, eres un Gato gordinflón, loco y sin juicio además de feo. Y el más feo de todos.*

*¿Feo, yo?* - rió el Gato Rayado, con ésa risa tan espantosa de quien no acostumbraba reír y ésta vez hasta los árboles más valientes como el Pau Brasil –un gigante- se estremecieron.

"Ella lo insultó y la vá matar" - pensó el viejo Perro Danés. El Reverendo Papagayo -reverendo, porque pasó un tiempo viviendo en el seminario, donde aprendió a rezar de memoria y a decir frases de corrido en latín, lo que le daba valiosa reputación de erudito- cerró los ojos para no ser testigo de semejante tragedia.

Por dos razones: porque era demasiado sensible, no le gustaba nada ver sangre y menos aún, sangre de una Golondrina tan conocida. Y para no ser de testigo de un crímen o llegaría la policia y menuda lata decidir, entre decir la verdad y cargar con la consecuente ira del Gato Rayado -enjuiciado por calumnias, unas cuántas cachetadas, el pico arancado y quién sabe que otras cosas más- o bien mentir y quedar como cobarde, como cómplice de un asesino. Situación difícil, mejor sería no dar ningún testimonio. Prefirió rezar por el alma de la Golondrina Sinhá quedando así en paz con su conciencia, ésa arca tan llena de exigencias.

Aunque la Golondrina Sinhá sintió que todos exageraban, por si las moscas voló al palo más alto para acicalarse sus plumas, con un gesto de extrema coquetería. El Gato Rayado seguía sonriendo a pesar de sentirse un tanto ofendido. No porque la Golondrina lo tachara de malo, sino por haberlo llamado feo: se creía guapo, una preciosura de Gato. Elegante también.

*¿Te parezco feo? ¿De veras?*

*Feísimo…* - confirmó desde lejos la Golondrina.

*No te creo. Sólo una criatura ciega podria encontrarme feo.*

*¡Feo y presumído!*

Ésta conversación ya no pudo seguir porque los padres de la Golondrina Sinhá -el amor por su hija superando al miedo- llegaron volando y se la llevaron entre ellos, regañando en voz alta al propinarle un sermón de aquellos. Mientras se la llevaban, la Golondrina gritó hacia el Gato:

*Hasta luego, su Fealdad...*

Así con un diálogo tan simple, comenzó la historia del Gato Rayado y la Golondrina Sinhá. En realidad ésta historia -al menos en lo referente a la Golondrina- había empezado antes. Un capítulo inicial deberia haber hecho referencias anteriores a ciertos hechos y actos de la Golondrina. Como no debo escribir más de la cuenta -según dictan las buenas reglas de la narrativa clásica- me limitaré tan sólo -una vez más- a regresarme hacia hechos que ya pasaron. Es sin duda, un método anárquico de contar historias, lo reconozco. Tal olvido se debe al trastorno que nos causa la entrada de la Primavera, tanto a los Gatos como a los Narradores de historias.


el Gato Rayado y la Golondrina Sinhá :

III - inicia la Primavera

Asi vivía el Gato mientras la Primavera se internaba hasta el corazón del Bosque, con un despilfarro de colores, de aromas, de melodías. Colores alegres, aromas que aturden, melodías sonoras. El Gato Rayado aún dormía cuando la Primavera irrumpió, repentina y poderosa. Su presencia tan insitente, tan fuerte, lo despertó de un sueño sin sueños: abrió los ojos pardos y estiró los brazos. El Pato Negro que casualmente lo observaba, casi se desmaya del susto al notar que el Gato Rayado estaba sonrriendo. Volteó los ojos para fijar su atención en la Patita Blanca:

*¿No te parece que está sonriendo?*

¡Dios mío! Estaba sonriendo... Jamás lo habían visto sonreír. La Patita Blanca tuvo que poner la mano en el corazón, tanto la espantó aquella sonrisa en boca del feroz Gato Rayado. Sonreía con la boca pero más desconcertaba aún, que aquellos ojos pardos también sonrieran.

De repente empezó a revolcarse sobre la yerba, como si fuera un jóven gato adolescente, soltando un maullido que más bien parecía un gemido. Hubo una reacción general por todo el Bosque. La Gallina Carijó que paseaba por ahí encabezando una hilera de pollitos dorados, gritó:

*¡Uy!* - y se desmayó en brazos de todos sus hijitos. El gallo Don Juan de Rhode Island, vino corriendo para ver que había pasado. Entre todas las gallinas del harém, la Carijó era su favorita. La ayudó a levantarse y lanzaba un toque de diana como canto de protesta y guerra, cuando una vez más el Gato Rayado se revolcó sobre la yerba lanzando otro maullido... Dios mío, un maullido romántico. ¡Imposible!...

*Creo que ya se volvió loco* - diagnosticó Pié de Mastuerzo que tenía fama de buen médico.

*Está maquinando alguna una nueva maldad...*- susurró la Gallina Carijó ya repuesta de su desmayo, haciendo de lado a todos sus pollitos y a Don Juan de Rhode Island.

Mientras tanto el Gato Rayado se levantó estirando brazos y piernas, erizando el dorso para captar mejor ése calor sorprendentemente dulce del Sol, abriendo las narices para respirar profundamente los nuevos olores que flotaban en el aire y dejando que todo su rostro feo y malvado, se iluminara en cordial sonrisa hacia todas las cosas y todos los seres a su alrededor. Empezó a caminar, provocando al instante una estampida general...

Tanta carrera causando tal revuelo, por fin llamó la atención del Gato Rayado. Miró asustado: ¿por que huían todos, si era tan bello el Bosque con la llegada de la Primavera? No había tempestad, ni corria aquel Viento frío arrancando las hojas, ni tampoco la lluvia desahogaba sus lágrimas por todos los tejados. ¿Porqué huir y esconderse, cuando llega la Primavera trayendo por delante tanta alegría de vivir? Quizás la Cobra Cascabel había vuelto: ¿osaría regresar al Bosque?

El Gato Rayado la buscaba oteando los ojos. Si fuera ella, le daría ahí mismo otra nueva lección para que no volviera jamás a robar huevos, ni a tirar los pájaros de sus nidos, ni a comer pollitos y tampoco a tragar las palomas. Pero no, la Cascabel no estaba. El Gato Rayado reflexionó. Comprendió entonces que huían de él: habían pasado tanto tiempo sin oírlo maullar ni verlo sonreir, que ahora los amedrentaba. Fué triste llegar a ésa conclusión. Empezó a dejar de sonreír, para después encongerse de hombros con un gesto de indiferencia.

Era un Gato soberbio, poco le importaba lo que pensaran de él. Hizo un guiño -gesto algo forzado- con un malvado ojo mirando al Sol y ése gesto aún mas inesperado, provocó que la enorme Piedra, con muchisimos años de vivir cerca del lugar acostumbrado por el Gato, rodara corriendo por toda la yerba. El Gato Rayado aspiró, llenando los pulmones de Primavera recién llegada. Se sentía liviano, quería decir palabras sin importancia, vagar sin rumbo, hasta podría conversar con alguien. Observó una vez más con ojos pardos, pero no vió a nadie. Todos habían huído.

No, todos no. En la rama de un árbol la Golondrina Sinhá espiaba al Gato Rayado y le sonreía. Únicamente ella no había huído. Desde lejos sus padres la llamaban con nerviosos gritos. Y desde sus escondites, todos los habitantes del Bosque miraban azorados cómo la Golondrina Sinhá le sonreía al Gato Rayado. Alrededor desbordaba la Primavera, ilusión de todo poeta.

la Golondrina Sinhá

Cuando paseaba toda risueña y coqueta, no había pájaro en edad de casarse que no suspirara por ella. Era muy jóven todavía mas donde quiera que iba, al instante se acercaban todos los jóvenes del Bosque. Le hacían declaraciones, le escribían poemas: el Ruiseñor, afamado gran conquistador, cantaba serenata bajo su ventana en cada Claro de Luna. Ella reia con todos, con todos departía sin amar a ninguno. Libre de preocupaciones volaba de árbol en árbol por todo el Bosque, curiosa y conversadora de corazón inocente. Según decía la gente, no había en ningún otro Bosque una Golondrina más bella ni más gentil, que la Golondrina Sinhá.


el Gato Rayado y la Golondrina Sinhá :

II - la Primavera

Al llegar la Primavera vestida de luz, de colores y de alegria, oliendo a perfumes sutiles, abriendo todas las flores y vistiendo a todos los árboles con ropajes verdes, el Gato Rayado estiró los brazos y abrió aquellos ojos pardos, tan feos y malvados.

Feos y malvados afirmaban todos en común acuerdo, añadiendo además que los ojos del Gato Atigrado reflejaban crueldad, como todo su cuerpo fuerte y ágil de rayas negras y amarillas. Describían a un Gato en edad madura lejos de aquella primera juventud, cuando gozaba correr entre los árboles, vagar por los tejados y maullar bajo la Luna Llena canciones de amor verdaderamente picarescas y descocadas. Nadie podía imaginarlo entonando canciones románticas ni sentimentales.

No existía en todo alrededor criatura más egoista ni solitaria. Nunca entablaba amistad con los vecinos y casi nunca respondía a los raros saludos que -por miedo y no por gentileza- le dirigían algunos viajeros. Refunfuñando su mal humor volvía a cerrar los ojos, como si todo fuera molesto a su alrededor.

Nadie se acercaba al Gato Rayado, hasta las flores cerraban cuando pasaba cerca: dicen que una vez, tiró de una sóla patada aquel tímido Lirio Blanco que todas las Rosas querían enamorar. Nadie presentó pruebas, pero ¿quién podría dudar la bajeza de un Gato tan mañoso?

Las aves ganaban altura cuando volaban sobre la madriguera donde dormía. Murmuraban incluso que el Gato Rayado, fué el malvado que secuestró al pequeño Sabiá del nido de ramas. Mamá Sabiá al no encontrar a su hijito cuando le traía alimento, se suicidó desesperada ensartando el pecho contra las espinas del Mandacarú. Un entierro muy triste fué aquel día en que arrojaron sendas maldiciones contra el Gato Rayado.

Nunca encontraron pruebas, pero: ¿quién más pudo haber sido? Bastaba con mirar ésa cara de villano para reconocer al asesino. Bicho tan feo ése... Gato malvado. Malvado y egoísta. Se revolcaba cada la mañana sobre la hierba para que el Sol lo calentara, pero apenas el Sol subía en el cielo, lo cambiaba inmediatamente por cualquier otra sombra acariciadora. Ingrato...

Debo añadir para ser justo, que el Gato Rayado ni idea tenía de lo mal que hablaban de él. Si sabía ni le importaba nada, aunque posiblemente no imaginaba cuán mal visto era porque casi ni conversaba con nadie, excepto a veces con la Vieja Lechuza. No obstante la Lechuza -de opiniones muy respetadas por su edad- solía decir que el Gato Rayado no era realmente malvado, que todo se debía a un malentendido general.

Los demás la escuchaban, movían la cabeza y a pesar del gran respeto que sentían por la Lechuza, preferían evitar al Gato Rayado.


el Gato Rayado y la Golondrina Sinhá :

I - introducción



La historia del Gato enamorado de una Golondrina provocó tremendo escándalo entre los habitantes del Bosque. La Golondrina ya estaba comprometida con el Ruiseñor, mientras le coqueteaba al Gato. Respondiendo apasionadamente, el Gato le dedicaba poemas: paseaban juntos mientras todos criticaban aquel amor imposible.
el Gato Rayado y la Golondrina Sinhá
una historia de amor


* Allá lejos y hace tiempo, perdido entre las entrañas del pasado, los animales hablaban los perros se ataban con longaniza los sastrecillos se casaban con Princesas y la Cigüeña traía los bebés con el pico. Hoy día, los bebés nacen sabiéndolo todo: sicoanalizados desde el vientre materno, cada cual seleccionó ya algún complejo favorito entre la angustia, la soledad o la violencia.*

* En aquellos tiempos levantó gran revuelo una historia de amor. Aquella historia que la Mañana le compuso al Tiempo para ganarse una Rosa Azul, era la historia d"el Gato Rayado y la Golondrina Sinhá", susurrada por el Viento con expresión enigmática y algunos suspiros en voz doliente.*

* La trascribo aquí, por habérmela relatado el ilustre Sapo Cururu en la cima de una roca cubierta de musgo, a orillas de un lago con aguas podridas, entre un paisaje inhóspito y desolado. Viejo compañero del Viento, el eminente Sapo Cururu expuso éste caso para resaltar la irresponsabilidad de su amigo: de cómo se desperdició el Viento en tonterías, en vez de emplear sus largos viajes al extranjero para estudiar comunicación, sánscrito u acupuntura, todos ellos asuntos de más noble provecho. El Sapo Cururu es doctor en Filosofía, catedrático de la Lengua y Expresion Corporal, promotor del Rock, miembro de la Escuela de Derecho, corresponsal benemérito de Academias Nacionales y Extranjeras y famoso en varias Lenguas Muertas.*

* Si no les gusta ésta narración, no culpen al Viento ni a la Mañana y mucho menos al sapiente Sapo Cururu, doctor Honoris Causa. En el hablar de la gente no hay historia que guarde su encanto: se pierde la música y la poesìa del Viento.*


el Gato Rayado y la Golondrina Sinhá :

la Portada

Puntos:★★★★★
Categoría:Realismo Mágico
Género: Libros



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